Un alumno puede memorizar una definición, aprobar un examen y olvidarla. También puede enfrentarse a un problema, probar una solución, equivocarse, corregir y terminar comprendiendo algo que podrá utilizar mucho tiempo después.
En ambos casos recibió información. La diferencia está en qué hizo su cerebro con ella.
La neurociencia lleva décadas estudiando cómo aprende el cerebro. Y sus hallazgos han abierto una pregunta fundamental para la educación: ya no basta con decidir qué queremos enseñar. También necesitamos comprender qué ocurre en el cerebro de un estudiante mientras aprende.
Memorizar importa. Pero no basta.
La memoria es indispensable para el aprendizaje. El problema aparece cuando recordar se convierte en el destino final.
Un alumno puede memorizar una fórmula y no saber qué hacer cuando el problema cambia. Puede conocer una fecha histórica sin comprender por qué ocurrió ese acontecimiento. Puede repetir una definición perfectamente y no conseguir explicarla con sus propias palabras.
Saber algo adquiere verdadero valor cuando podemos pensar y actuar con eso que sabemos.
Stanislas Dehaene, reconocido neurocientífico cognitivo francés, identifica en su libro ¿Cómo aprendemos? (2019) cuatro pilares fundamentales del aprendizaje: atención, compromiso activo, revisión o feedback a partir del error y consolidación.
Estos procesos permiten al cerebro seleccionar la información relevante, involucrarse activamente, ajustar aquello que creía saber y, mediante la práctica, consolidar lo aprendido.
Aprender, entonces, no es simplemente recibir información.
Es transformarla.

Que un alumno diga “me equivoqué” puede ser una excelente noticia
El cerebro hace predicciones constantemente. Cuando creemos conocer una respuesta y descubrimos que estábamos equivocados, aparece una diferencia entre lo que esperábamos y lo que realmente ocurrió.
Esa sorpresa contiene información.
Dehaene explica que el error puede ayudar al cerebro a ajustar aquello que creía saber. Pero equivocarse por sí solo no basta: hace falta feedback claro y oportuno que permita comprender qué ocurrió, corregir y volver a intentar.
Intentar. Recibir retroalimentación. Ajustar. Volver a probar.
No son rodeos antes de llegar al aprendizaje. Son parte de él.
¿Qué ocurre en el cerebro mientras un estudiante aprende?
Mientras un alumno resuelve un problema, escucha una explicación o intenta comprender una idea nueva, su cerebro realiza distintos procesos: selecciona información, conecta conocimientos, regula su atención, pone a prueba respuestas y modifica lo que ya sabía.
La neurociencia educativa está estudiando cada vez más estos procesos dentro de los propios contextos escolares.
Un estudio publicado en 2026 en Frontiers in Psychology analizó 24 investigaciones desarrolladas en escuelas entre 2015 y 2025. El trabajo, realizado por Chiara Fante y Flavio Manganello, del Instituto de Tecnología Educativa del Consejo Nacional de Investigación de Italia, encontró que buena parte de la investigación reciente se ha concentrado en procesos como la neuroplasticidad, las funciones ejecutivas y la atención, y en comprender cómo se manifiestan dentro de experiencias reales de aprendizaje.
Pero el cerebro que aprende tampoco funciona de manera aislada.
Otra investigación, publicada en Pedagogy, Culture & Society en 2025, reúne distintas líneas de la neurociencia educativa para ampliar nuestra comprensión del cerebro que aprende.
Ben Williamson, Jessica Pykett y Dimitra Kotouza, investigadores de las universidades de Edimburgo y Birmingham, describen distintas dimensiones desde las que hoy se estudia el aprendizaje: un cerebro plástico, que cambia con la experiencia; atento y comprometido, que selecciona y procesa información; social, que aprende en interacción con otras personas; y computacional, que procesa y reorganiza información.
La idea importante no es que existan “cuatro tipos de cerebro”.
Es mucho más sencilla:
Un estudiante no aprende a través de un solo proceso.
Aprende cuando presta atención, relaciona lo nuevo con lo que ya sabe, prueba una idea, se equivoca, recibe retroalimentación, practica y vuelve a intentarlo.
Y también aprende con otros.

Aprender también es una experiencia social
El aprendizaje no ocurre únicamente entre un estudiante y la información.
Conversar, explicar una idea, escuchar otra perspectiva, recibir acompañamiento o construir una solución con alguien más también forman parte de la experiencia de aprender.
La investigación en neuroeducación también ha estudiado la relación entre emoción, motivación, atención y memoria. Porque aquello que un estudiante siente, aquello que despierta su curiosidad y el sentido que encuentra en una experiencia influyen en la forma en que se involucra con el aprendizaje.
Por eso, comprender cómo aprende el cerebro de un estudiante implica observar algo más amplio que la recepción de información.
Implica comprender un proceso cognitivo, activo, emocional y social.
La neurociencia es uno de los pilares de Human Learning
En Knotion Human Learning, comprender cómo aprende y se desarrolla el ser humano es el punto de partida.
Por eso la neurociencia es uno de sus pilares fundamentales: nos permite comprender con mayor profundidad qué sucede durante el aprendizaje y utilizar ese conocimiento para diseñar experiencias en las que el alumno piense, participe, conecte, practique y construya conocimiento.
La memoria importa. La atención importa. La práctica importa.
Pero también importan la curiosidad, el error, la interacción, la retroalimentación y la posibilidad de utilizar lo aprendido para enfrentarse a situaciones nuevas.
Porque el objetivo no es solamente que un estudiante sepa.
Es que pueda hacer algo con aquello que sabe.
Comprender el cerebro también ayuda a comprender el papel del maestro
La ciencia puede ayudarnos a entender procesos como la atención, la memoria, el error y la consolidación.
Pero esos procesos cobran vida dentro de una experiencia de aprendizaje.
Ahí aparece el maestro.
Es quien reconoce cuándo hacer una pregunta, cuándo cambiar una explicación, cuándo plantear un nuevo desafío, cuándo permitir que el alumno siga intentando y cuándo ofrecer retroalimentación.
La neurociencia ayuda a comprender cómo aprendemos. El maestro crea las condiciones para que ese aprendizaje suceda.
Y su papel adquiere todavía más valor en un mundo donde encontrar información y obtener respuestas será cada vez más fácil.

La verdadera pregunta no es cuánto puede recordar un alumno
Es qué puede hacer con aquello que aprendió.
Y quizá ahí está una de las preguntas más importantes que podemos hacerle hoy a la educación:
¿Queremos alumnos capaces de repetir la respuesta que les enseñamos o personas capaces de construir una cuando todavía nadie se las ha dado?
Comprender cómo aprende el cerebro nos permite mirar el aprendizaje con mayor profundidad.
No solamente como información que entra.
Sino como conocimiento que el estudiante comprende, conecta, transforma y utiliza.
Bibliografía
Dehaene, S. (2019). ¿Cómo aprendemos? Los cuatro pilares con los que la educación puede potenciar los talentos de nuestro cerebro. Siglo Veintiuno Editores Argentina.
Fante, C., & Manganello, F. (2026). Neuroscience meets the classroom: A scoping review of translational research in educational neuroscience (2015–2025). Frontiers in Psychology, 17, 1853717.
Williamson, B., Pykett, J., & Kotouza, D. (2025). Learning brains: Educational neuroscience, neurotechnology and neuropedagogy. Pedagogy, Culture & Society.
Navarrete Solórzano, D. A., & Villamil Moreira, E. A. (2020). Los aportes de la neurociencia en la educación. Revista Atlante: Cuadernos de Educación y Desarrollo.