Exceso de información en el mundo actual: el pensamiento crítico es la respuesta

Por Noel Trainor

Nunca antes en la historia de la humanidad habíamos tenido tanta información, ni tan a la mano.
“Si antes mirábamos el mundo a través de la ventana, ahora miles de ventanas que se abren simultáneas y meten el mundo en nuestro ordenador”, sintetiza certeramente el periodista español Sergio Fanuil.
Y la especialista en educación Beatriz Pizarro agrega: “el volumen de noticias e información que manejaba un hombre del siglo XVI en toda su vida era inferior al que cualquier hombre actual puede leer en una edición de The New York Times del domingo…”
A primera vista, contar con información expedita y a la mano solo puede acarrear ventajas. Tener disponibles de contenidos sobre ciencia, tecnología, economía, humanidades, arte, literatura o todo lo que impliquen nuestros intereses o aficiones, nos debiera volver más expertos en nuestros temas y más ávidos por aprender temas útiles y pertinentes.
La realidad, sin embargo, es más compleja que eso: cada día tenemos más información en nuestras manos, pero menos tiempo o capacidad para procesarla.
La educación no escapa a esta norma. Todos los sistemas educativos son parte de un entorno, y toda circunstancia que afecte al entorno afecta también a la educación.

Y ante esta realidad la pregunta que debemos hacernos es simple: ¿de qué manera podemos enseñar a nuestros alumnos a enfrentar los desafíos que acarrea la sobreabundancia de información?
Un tema no menor, puesto que de ello puede depender —sin exageración— una parte importante de su futuro.
Para responder a esa pregunta hay que partir por el diagnóstico.
Es un hecho que la educación parece haberse estancado en métodos tradicionales surgidos hace casi un siglo (que en su momento implicaron un avance fundamental). Pero lo que fue útil antes no necesariamente debe serlo hoy. En el caso de la educación, esa es una realidad evidente. Las necesidades del mundo actual —incluido el mundo laboral— cambiaron, y con ello cambiaron las preguntas y necesariamente deben cambiar las respuestas que entregamos desde las instituciones educativas
Tras el diagnóstico, surgen nuevas preguntas. ¿Cuál es la manera adecuada de identificar las respuestas correctas entre tanta información distinta, y a menudo contradictoria? ¿Cómo saber cuál es la información confiable? ¿Las respuestas adecuadas son aquellas que se acercan a nuestras propias creencias? Ni Google ni ninguna plataforma o buscador puede darnos una respuesta.
Pero esas respuestas existen. Y para encontrarlas debemos partir por una premisa fundamental: cultivar el pensamiento crítico.
Como educadores, una de las labores más importantes es enseñar a nuestros alumnos a pensar por sí mismos. Da lo mismo la asignatura de la cual se trate: el fin es que cada alumno adquiera las herramientas necesarias para resolver cualquier problema por sí mismo. No es difícil aplicarlo en el salón de clases o en la educación a distancia, pero hay que decidirse a hacerlo.
El pensamiento crítico es lo opuesto a la memorización de datos aleatorios y sin sentido. Se refiere, según concuerdan numerosos expertos, a la posibilidad identificar, analizar, evaluar, clasificar e interpretar lo que está a nuestro alrededor. En síntesis: comprender, no repetir. Una técnica que enseña a las personas a pensar autónomamente, que influye en el desarrollo de las llamadas habilidades blandas y que, en la práctica, nos hace más creativos, más capaces de resolver conflictos, mas empáticos, más autónomos, mas autocríticos y más adaptables.
Pero el pensamiento crítico no se adquiere de manera natural: se trata de una habilidad que debe cultivarse y fortalecerse. Algunas técnicas adecuadas para lograrlo son:
· Contrastar información. Una premisa simple, pero que aún está totalmente vigente: olvidarnos de la frase “si algo está en internet, debe ser verdad”.
· Adquirir cultura estadística. El pensamiento crítico se funda en gran parte en la evidencia empírica, y para juntar esa evidencia se requiere necesariamente de datos relevantes y confiables.
· Consultar variedad de fuentes. En especial aquellas probadamente fiables: revistas científicas o periódicos de prestigio, estudiosos profesionales del tema, documentos académicos…
· Identificar los conflictos de intereses. Nadie, ni nosotros mismos, está exento de sus propios prejuicios y motivaciones. No tiene nada de malo, pero hay que identificarlas y tomarlas en cuenta a la hora de un análisis.
· Pensar de forma ordenada. Por ejemplo, desmenuzar cualquier argumentación y revisar punto por punto cada una de las afirmaciones que la sustentan.
Pensar críticamente nos aportará, entre otras ventajas, mayor claridad y precisión en nuestras afirmaciones o propuestas, mayor comprensión sobre nuestro entorno, un análisis más eficiente y una mejor planificación y administración de nuestras actividades.
Y cultivar esta forma de pensamiento debe convertirse en uno de los puntos torales de la educación moderna.
En el mundo de hoy resultará inútil cualquier sistema basado en memorizar información que jamás comprenderemos ni menos utilizaremos; el desafío actual es elaborar planes y metas de estudio que enseñen a nuestros alumnos, a través del intercambio abierto y honesto con sus educadores, a alcanzar el dominio de las competencias y objetivos que fortalezcan la autonomía personal y la capacidad de aprender en cualquier momento y cualquier contexto.
En lo inmediato, cultivar el pensamiento crítico será fundamental para que aprendamos a identificar aquella información realmente pertinente de aquella que no lo es. Y a más largo plazo nos hará mejores personas, más libres y capaces de aportar soluciones creativas a problemas concretos.
En el mundo de hoy, ese es el principal legado que podemos dejar a nuestras futuras generaciones.

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