El cerebro, clave para “construir” nuestra felicidad

Gran parte de nuestra calidad de vida depende de nuestra mente

Por Yolanda Príncipe

La pregunta no es nueva y ya la hemos escuchado, o incluso formulado, muchas veces antes.

¿Podemos alterar nuestra sensación de bienestar y felicidad a través de la bioquímica cerebral y nuestros neurotransmisores? 

La respuesta tampoco es nueva. Las investigaciones muestran que nuestra bioquímica y nuestras acciones, hábitos y decisiones tienen una estrecha relación de reciprocidad.

¿Qué es primero, nuestro equilibrio cerebral o las acciones y hábitos de vida?

¿En qué medida nuestra experiencia está condicionada por nuestra bioquímica cerebral?

¿Qué tanto nuestras acciones y actitudes afectan el equilibrio bioquímico de nuestro cerebro?

Es un hecho: lo que hacemos y pensamos crea un balance o desbalance en la forma en que nos percibimos y percibimos al mundo. Esta percepción motiva o desalienta nuestras acciones, y así construimos hábitos, patrones, condicionamientos y, finalmente, nuestra experiencia de vida.

En otras palabras: nos construimos a nosotros mismos.

Es un hecho: lo que hacemos y pensamos crea un balance o desbalance en la forma en que nos percibimos y percibimos al mundo.

Los neurotransmisores son los mensajeros bioquímicos de nuestro cuerpo. Su principal trabajo es transmitir información desde las células nerviosas hasta otras neuronas o hasta las células diana, que son aquellas que están en nuestros músculos y glándulas.

Conocer los diferentes tipos de neurotransmisores y sus funciones puede ayudarnos a cuidar mejor de nuestra salud mental y física. 

Un neurotransmisor es una biomolécula que permite que las células nerviosas se puedan comunicar entre sí. De hecho, las señales de los neurotransmisores viajan de una neurona a otra a través de las sinapsis. Gracias a estas conexiones los neurotransmisores nos permiten manejar respuestas automáticas como la respiración o la frecuencia cardíaca, o funciones psicológicas como el aprendizaje, el control de nuestro estado de ánimo o las reacciones ante el miedo, el placer y la felicidad.  

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Nuestro cerebro origina cuatro neurotransmisores conocidos como los químicos de la felicidad: serotonina, endorfina, oxitocina y dopamina. Los cuatro se encargan de producir una serie de reacciones químicas en nuestro cuerpo en función de los estímulos que recibamos, y nos aportan un estado anímico positivo que conocemos como felicidad.

Distintos estudios han comprobado que podemos estimular estos neurotransmisores para mantenernos en ese estado de felicidad y ayudarnos de manera positiva en nuestro día a día.

La opinión de los expertos

En los últimos años hemos comenzado a comprender mejor las bases neuronales de estados como la felicidad, la gratitud, la resiliencia, el amor, la compasión, etc. Y comprenderlos mejor significa que podemos estimular hábilmente los sustratos neuronales de esos estados, lo que, a su vez, significa que podemos fortalecerlos. Según el famoso científico canadiense Donald Hebb, “las neuronas que se disparan juntas, se conectan juntas”.

En una entrevista para greatergood.berkeley.edu, cuyo contenido reproducimos aquí, el doctor Rick Hanson explica cómo podemos cambiar intencionalmente nuestro cerebro para crear felicidad y bienestar duraderos.

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Hanson es una autoridad en la materia: es psicólogo de la Universidad de California y ha escrito y enseñado sobre las habilidades internas esenciales del bienestar personal, el crecimiento psicológico y la práctica contemplativa, entre otros temas.

Según Hanson, los seres humanos podemos aprovechar la “plasticidad” natural de nuestro cerebro, entendida como su capacidad para cambiar de forma con el tiempo. Para entender a cabalidad ese proceso, explica, primero debemos entender tres hechos importantes sobre el cerebro. 

Hecho 1: a medida que cambia el cerebro, cambia la mente

“Una mayor activación en la corteza prefrontal izquierda se asocia con más emociones positivas”, dice Hanson. “A medida que hay una mayor activación en la parte frontal izquierda de tu cerebro en relación con la derecha, también hay un mayor bienestar.

“Probablemente eso se deba en gran parte a que la corteza prefrontal izquierda es una parte importante del cerebro para controlar las emociones negativas. Entonces, si pones descansos en lo negativo, obtienes más de lo positivo”.

Por otro lado, agrega Hanson, las personas que experimentan estrés crónico de manera rutinaria, particularmente estrés agudo e incluso traumático, liberan la hormona cortisol, que literalmente carcome —casi como un baño ácido— el hipocampo, que es una parte del cerebro que está muy involucrada en la memoria visoespacial, la memoria del contexto y el entorno.

Las personas que experimentan estrés crónico de manera rutinaria, particularmente estrés agudo e incluso traumático, liberan la hormona cortisol, que literalmente carcome el hipocampo.

“A medida que el cerebro cambia, la mente cambia”, indica. Y eso nos lleva al segundo hecho, que es donde las cosas “realmente empiezan a ponerse interesantes”.

Hecho 2: a medida que cambia la mente, cambia el cerebro

Los cambios anteriores ocurren de manera temporal y duradera. Hanson explica:

“Cuando las personas practican conscientemente la gratitud, es probable que obtengan flujos más altos de neurotransmisores relacionados con la recompensa como la dopamina. La investigación sugiere que cuando las personas practican la gratitud experimentan una alerta general y una mente iluminada, y eso probablemente se correlacione con una mayor cantidad del neurotransmisor norepinefrina”.

El experto cita otro ejemplo de cómo los cambios en la actividad mental pueden producir cambios en la actividad neuronal.

“Cuando a los estudiantes universitarios profundamente enamorados se les muestra una foto de su novia, sus cerebros se vuelven más activos en el núcleo caudado, que es un centro de recompensa del cerebro.”

“A medida que cambia la mente, esa oleada de amor, ese profundo sentimiento de felicidad y recompensa, se correlaciona con la activación de una parte particular del cerebro. Cuando dejan de mirar la foto de su amada, el centro de recompensa vuelve a dormirse”.

Pero la mente también puede cambiar el cerebro de manera duradera. Hanson explica que podemos definir la mente como el flujo de información inmaterial a través del sistema nervioso, y que comprende todas las señales que se envían, la mayoría de las cuales suceden para siempre fuera de la conciencia.

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“A medida que la mente fluye a través del cerebro, a medida que las neuronas se disparan juntas en formas particularmente modeladas según la información que representan, esos patrones de actividad neuronal cambian la estructura neuronal”.

De esta forma, las regiones ocupadas del cerebro comienzan a tejer nuevas conexiones entre sí. Las sinapsis —las conexiones entre las neuronas— se fortalecen, se vuelven más sensibles y comienzan a desarrollar más receptores. Y también se forman nuevas sinapsis que, a su vez, iniciarán un nuevo ciclo virtuoso.

Dicho de otro modo:

Lo que fluye a través de nuestra mente termina por “esculpir” nuestro cerebro.

Hecho 3: puedes usar tu mente para cambiar tu cerebro… para cambiar tu mente

Si lo piensas bien, lo anterior tiene completo sentido. Es lo que se conoce como “neuroplasticidad autodirigida”. La neuroplasticidad se refiere a la naturaleza maleable del cerebro, y es una constante. Lo de autodirigida significa hacerlo con claridad, habilidad e intención.

La clave para ello es un uso controlado de la atención. La atención es como un foco que ilumina las cosas dentro de nuestra conciencia. Pero también es como una aspiradora, que recibe todo lo que descansa en el cerebro para bien o para mal.

Por ejemplo, dice Hanson, “si centramos nuestra atención rutinariamente en lo que nos molesta o lamentamos (nuestras molestias físicas, nuestro pésimo compañero de cuarto, etc.), vamos a construir los sustratos neuronales de esos pensamientos y sentimientos”.

En cambio, dice, si ponemos nuestra atención en las cosas por las que estamos agradecidos —las bendiciones en nuestra vida, las cualidades saludables en nosotros mismos y en el mundo que nos rodea, los logros—, construimos sustratos neuronales muy diferentes.

“Por eso desde hace más de 100 años, antes de que existieran cosas como las resonancias magnéticas, William James, el padre de la psicología en Estados Unidos, dijo: ‘la educación de la atención sería una educación por excelencia’”.

Si ponemos nuestra atención en las cosas por las que estamos agradecidos, construimos sustratos neuronales muy diferentes.

El problema es que la mayoría de las personas no tienen un buen control sobre su atención. Parte de esto se debe a la naturaleza humana, moldeada por la evolución: nuestros antepasados, que solo se concentraban en el reflejo de la luz solar en el agua, vivieron con el temor permanente a ser atacados por los depredadores. Solo sobrevivían aquellos que estaban constantemente vigilantes.

“Hoy estamos constantemente bombardeados con estímulos ante los que el cerebro no ha evolucionado para manejar. Por lo tanto, ganar más control sobre la atención es crucial. Ello puede hacerse a través de la práctica de la atención plena, o mediante prácticas de gratitud. Esas son excelentes maneras de obtener control sobre tu atención”.

En general el estudio de las vías de comunicación entre el cerebro y el corazón se ha abordado desde una perspectiva bastante unilateral. Los científicos se centran principalmente en las respuestas del corazón a las órdenes del cerebro. 

Sin embargo, hemos aprendido que la comunicación entre el corazón y el cerebro en realidad es un diálogo dinámico, continuo y bidireccional. 

Cada órgano influye continuamente en la función del otro. Las investigaciones han demostrado que el corazón se comunica con el cerebro de cuatro formas principales: 

  • Neurológicamente, a través de la transmisión de impulsos nerviosos;
  • Bioquímicamente, a través de hormonas y neurotransmisores; 
  • Biofísicamente, a través de ondas de presión;y 
  • Energéticamente, a través de interacciones de campos electromagnéticos. 

La comunicación a lo largo de todos estos conductos afecta la actividad del cerebro. Además, nuestra investigación muestra que los mensajes que el corazón envía al cerebro también pueden afectar el rendimiento.

En síntesis: nuestra mente y nuestro cerebro componen un círculo que se retroalimenta.

Nuestro cerebro es uno de los órganos más importantes del cuerpo humano. Es lo que determina cómo pensamos, cómo sentimos, lo que hacemos o lo que hablamos. Saber cómo nuestros pensamientos, sentimientos, palabras y acciones moldean nuestro cerebro es el primer paso para tener un mejor control sobre nuestras vidas.

También para acercarnos a nuestra propia felicidad.

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